Este blog, dedicado al comentario y la crítica de libros, quiere ser tanto un pequeño aporte en el desarrollo de la afición a la lectura como una especie de foro en el que las visitas intercambien opiniones entre sí y con el blogger acerca de las obras expuestas.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El mar, de John Banville


El mar
Trad: Damián Alou
Editorial Anagrama
Barcelona, 2014

Bajo un punto de vista meramente estilístico o, por decirlo de otra forma, como objeto textual, este libro es magnífico. Desde la primera frase, “Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea”, se suceden párrafos y páginas enteras verdaderamente memorables. Banville es, sin duda, un maravilloso creador de atmósferas, aspecto de literatura que siempre me ha parecido fundamental, posiblemente el que más valoro. Tal vez porque considero que la vertiente poética de cualquier obra literaria constituye un elemento indiscutible a la hora de su evaluación. Lo que no implica que lo poético vaya necesariamente asociado a lo heteróclito. En lo que a poeticidad, o literariedad, se refiere, fui siempre seguidor de los formalistas rusos y, al día de hoy, no he modificado mi opinión en ese asunto.
Es, pues, “El mar”, de este autor irlandés, evocador, sugerente, gozoso en sí mismo como pieza musical, al margen de su efectividad narrativa, de lo que se cuenta. Y es que lo que se cuenta, sin hacerse acreedor a un suspenso y a la luz de las expectativas que despierta en el lector la brillante sinfonía verbal, deja mucho que desear. Se diría que, tras la estupenda puesta en escena, esperamos unos acontecimientos que, tanto en su anécdota como en su fondo, nos sorprendan e iluminen. Y no. No sucede eso. El narrador-protagonista, tras un doloroso acontecimiento que destroza su vida, se va al pueblo costero en el que veraneaba en su niñez. Allí, instalado en un hotelito, rememora aquellos estíos: lo que, como queda dicho, Banville resuelve con maestría. Ocurrir, no ocurre nada especialmente reseñable. Unos pintorescos amigos y su final, más onírico que dramático, o la pequeña sorpresa última (insperada, sí, pero carente de fuerza como explosión de cohete húmedo en el contexto de tan estupendo cedazo textual) justifican a duras penas el relato como tal. Posiblemente no sea tarea fácil cubrir en una misma obra poeticidad y eficacia narrativa. O bien es raro el autor que domina ambas cosas a un tiempo. Pero haberlos los hay. Un ejemplo (y no el único) es Alessandro Baricco.
Dicho esto sólo resta afirmar que la lectura de esta novela merece la pena, aunque sólo sea por el disfrute de la exquisitez de su prosa.

jueves, 14 de julio de 2016

Una pena en observación, de C. S. Lewis


Una pena en observación
Traducción: Carmen Martín Gaite
Editorial Anagrama
Barcelona, 1994

C. S. Lewis, el autor irlandés de la saga fantástica “Las Crónicas de Narnia” entre otras obras, se casó en 1956 con la poetisa estadounidense Joy Gresham, diecisiete años más joven que él. Lo que en principio fue un matrimonio simplemente aceptado por el escritor para que su amiga pudiese conseguir el permiso de residencia que le había sido negado por el gobierno inglés, lo redescubrieron pronto ambos como un amor apasionado. Tras diagnosticársele a Joy un cáncer de hueso, muere en 1960, dejando a Lewis completamente desolado. Esta historia se ha recreado en la película de Richard Attenborough, “Tierra de penumbras”, que puede verse entrando en este link.
Después de la muerte de su esposa, C. S. Lewis escribe en varios cuadernos las notas que darán origen al libro que comento.
Aunque, al menos en esta edición española, “Una pena en observación” está publicado dentro de una colección de narrativa, no se trata de un texto que pueda enmarcarse dentro de ninguno de los géneros etiquetados como tal. Ni es una novela, ni larga ni corta, ni son cuentos. En caso de querer clasificarlo tendríamos que meterlo bajo el amplio cobijo del ensayo literario. Es, sin embargo, lo de menos a la hora de abordar esta pequeña obra maestra en la que el escritor desnuda su alma herida, con una sinceridad y una maestría equiparables.
Inmerso en el duelo de la pérdida, busca respuestas de manera desgarrada y lúcida a un tiempo, poniendo bajo la lupa de su reflexión a su propio sufrimiento, a la amada desaparecida, a Dios y su silencio.
Si hay que señalar un rasgo sobresaliente de este libro, aparte de su indudable poesía y su profundidad meditativa, es, insisto, su sinceridad sin concesiones a nadie, empezando por el mismo autor. La autocrítica sin masoquismo está presente como un escalpelo que no duda en hendirse a la hora de sacar la verdad a la luz. “Por primera vez he vuelto atrás y he estado leyendo estas notas. Me he quedado horrorizado. Por la forma en que he venido hablando, cualquiera tendría derecho a pensar que lo que más me importa de la muerte de H. son sus efectos sobre mí mismo”(...) “¿Qué clase de amante soy yo, pensando tan sin cesar en mis tribulaciones y tan poco en las de ella?” (…)“Seguramente la fe –creo que será fe- que me permite rezar por los otros muertos me ha parecido fuerte sólo porque no me ha importado en realidad…”. También cuestiona al destino y a Dios y se rebela: “El destino (o lo que quiera que sea) se deleita en crear una gran capacidad para luego frustrarla. Beethoven se quedó sordo. Medido por nuestro rasero, una broma cruel; la sarcástica triquiñuela de un imbécil rencoroso”. Duda, se atormenta por la suerte de su esposa: “Me dicen que H. es ahora feliz, me dicen que descansa en paz. ¿Qué les hace estar tan seguros de esto?”(...)“«Porque ella ahora está en las manos de Dios». Pero si esto fuera así, tendría que haber estado en manos de Dios todo el tiempo, y yo he sido testigo del trato que esas manos le dieron en la tierra. ¿Van a volverse más cariñosas para nosotros justo en el momento en que nos escapamos del cuerpo? ¿Y por qué razón? Si la bondad de Dios no es consecuente con el daño que nos inflige, una de dos: o Dios no es bueno, o no existe; porque en la única vida que nos es dado conocer nos golpea hasta grados inimaginables, nos hace un daño que supera nuestros más negros presagios. Y si Dios es consecuente al hacernos daño, puede seguírnoslo haciendo después de muertos de una forma tan insoportable como antes”. Para darnos cuenta del alcance de estas reflexiones, hemos de considerar que estamos ante un inteligentísimo apologeta del cristianismo, ateo en su juventud. Su encarnizada lucha consigo mismo y con Dios recuerda la pelea de Jacob con el ángel o al Blas de Otero de “Ángel fieramente humano” o “Redoble de conciencia”.
Después de la pugna y, tras poner en solfa la validez del mismo texto que escribe (“¿Por qué le doy cabida en mi mente a tanta basura y bagatela? ¿Acaso espero que disfrazando de pensamiento a mi sentir, voy a sentir menos intensamente? ¿No son todas estas notas las contorsiones sin sentido de un hombre incapaz de aceptar que lo único que podemos hacer con el sufrimiento es aguantarlo?”), tras pasar por las fases de negación, negociación y aceptación tantas veces descritas por psicólogos y tanatólogos, una experiencia casi mística (no sabemos si real o inventada -¿qué es lo real?-) lo conduce a un reencuentro con su mujer. Finalmente, cierra el libro con unas hermosas y esperanzadoras líneas: “¡Qué cruel sería convocar a los muertos caso de que pudiéramos hacerlo! Ella dijo, no dirigiéndose a mí, sino al sacerdote: «Estoy en paz con Dios». Y sonrió. Pero no me sonreía a mí. Poi si tornò all’terna fontana.
“Una pena en observación” es, por un lado, ya lo he dicho, una pequeña joya de la literatura universal. Por otro, un texto altamente recomendable para quienes han perdido a un ser amado, así como para figurar entre las lecturas de psicólogos y tanatólogos. También tiene sus lectores contraindicados. Ni ateos ni fanáticos religiosos deberían aventurarse en sus páginas, pues sólo conseguirán agarrar un cabreo inútil.

viernes, 8 de julio de 2016

La mano de Dios, de Juan Villa


La mano de Dios
Editorial Point de lunettes
Sevilla, 2016

Sigue deambulando Juan Villa  en los cinco relatos que conforman el volumen “La mano de Dios”, como en casi toda su obra anterior, por tierras almonteñas y, más en concreto, por el ámbito de Doñana. Si las cuatro primeras narraciones, que se encuadran dentro del género del cuento corto, mezclan el humor con el patetismo y, a ratos, con una tierna ingenuidad, la última, “Los almajos”, novela corta, supone una inflexión amarga que no deja lugar a la risa. Y, no sé si en consonancia con sendos tonos, mientras que “Pregúntale a la culebrita”, “La mano de Dios”, “La crisis de los misiles” y “Un gran salto”, giran en torno a personajes de una contextura psíquica primitiva que propicia lo chusco dentro de la crítica social, así el “meteorólogo” Orejita, los habitantes del Majadal aterrados por la “ira divina” (acertadísima e hilarante metáfora de un poder no tan gracioso), Antonia y su admirado e “infalible” Isaac Cartagena o el genial epígono de Marconi, Epifanio Otero, por otro lado, digo, el personaje central de “Los almajos”, Fabián, crepuscular, triste, se mueve en todo momento dentro de una espiral trágica trazada a un ritmo de adagio que impregna con su melancolía incluso momentos que, en otro contexto, podrían ser humorísticos.
En esta novela corta retoma Juan Villa la cosmovisión de sus dos primeras, “Crónica de las arenas” y “El año de Malandar”, sobre todo de la primera, aunque también la podamos ver en los cuentos que la preceden (incluso algún personaje conocido, como un joven teniente de carabineros protagonista de “El año de Malandar”, hace un cameo, valga el término cinematográfico, en la segunda página de “Un gran salto”). En ese mismo ambiente de postguerra, denso, opresivo, miserable, sobre un telón de fondo deprimente, borrascoso, en el que una lluvia incesante subraya la sordidez, Fabián pasa revista a una existencia transcurrida a contrapelo entre la fatalidad y sentimientos de culpa infundados, mientras su destino se decide en el lapso de una partida de tute, símbolo que se finge fortuito, un destino que puede ser también el del Nano o el de Muriel o el de cualquiera a quien le toque en esa tierra en la que la vida llega a negarse a sí misma empujada por la desdicha y la penuria.
La estructura, circular, adaptada así al callejón sin salida existencial que plantea la historia, contrae el tempo narrativo a la duración de una partida de cartas, encajando en él acontecimientos sucedidos en varios lustros.
Los personajes, de dibujo marcadamente expresionista, como suelen serlo en este autor, casi parecen, por sus contrastes, salidos de un aguafuerte, desde el superviviente (o vividor) y cínico Mejías, por poner unos cuantos ejemplos, pasando por el pobre mudito Bernabé, representante de la inocencia, hasta Granada, extraño espécimen en tal caldo de cultivo, inminente esposa de Fabián e involuntaria detonante, o el cura don Bernardo, que recuerda a un personaje de Guareschi pero en vicioso. Tal como Fabián, con ciertas rectificaciones psicológicas, me ha evocado, por su problemática vital entre otras cosas, a Mersault, el personaje central de “El extranjero”, de Albert Camus, concomitancia creo que inevitable de una forma absoluta en cualquier héroe existencialista.




jueves, 7 de julio de 2016

Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb


Ácido sulfúrico
Trad: Sergi Pàmies
Editorial Anagrama
Barcelona, 2007

En este libro, que quiere ser una crítica feroz a una sociedad inmunizada contra el dolor ajeno, es patente la influencia de “¿Acaso no matan a los caballos?”, de Horace McCoy, llevado al cine por Sydney Pollack con el nombre de “Danzad, danzad, malditos”. De la misma manera en que nosotros contemplamos sin inmutarnos las masacres que nos transmiten los noticiarios mientras nos zampamos tranquilamente nuestro bistec, en “Ácido sulfúrico” los espectadores del programa televisivo “Concentración”, un reality show al modo de Gran Hermano en plan bestia, disfrutan de las humillaciones y maltratos, incluyendo penas de muerte, infligidos a los participantes forzosos y elegidos al azar en redadas callejeras.
Los personajes, divididos en franjas suficientemente delimitadas, metaforizan la injusticia social implícita en una diversidad de destinos concebidos para beneficiar a unos a costa del cruel sacrificio de otros: las víctimas que sufren, los kapos que ejecutan su labor de verdugos, los organizadores que se lucran y los espectadores, representantes de la mayoría social, verdaderos culpables, tal y como denuncia el personaje central, Pannonique, chica angelical e inteligente, investida de un cierto aura mesiánico, que conduce a todos a la liberación con la paradójica ayuda de su contratipo, su gemela del lado tenebroso, Zdena, enamorada de ella y a la que gana para la causa del bien.
La idea, como apunto al inicio de esta nota, no es nueva. También es la tesis central de la película de Bertrand Tavernier “La muerte en directo”, basada en la novela  “The Unsleeping Eye”, de David G. Compton y, de una u otra forma, de “Freaks”, de Tod Browning, o “El hombre elefante”, de David Lynch, por poner algún ejemplo. Todos estos libros y filmes son acusaciones a la conversión del sufrimiento ajeno en espectáculo y, fundamentalmente, a la sociedad que permite y, así, alienta este fenómeno y el sistema que hace posible esa sociedad. Dicho esto, no hay ningún elemento que haga destacar a la novela de Nothomb sobre los otros relatos citados. La distingue, eso sí, su contextualización en nuestra época de ridículos programas televisivos, como “Gran Hermano”, “Supervivientes”, etc, de los que hace una salvaje reducción al absurdo y a los que utiliza como símiles para señalar a la misma realidad como espectáculo (vid. Guy Debord), con sus injusticias, hambrunas, epidemias y guerras. Es, sin duda, una novela testigo de nuestra época. Aunque creo (tal vez sea una cuestión de gusto personal) que, al incurrir en una excesiva estilización que la convierte en inopinada caricatura, pierde fuelle y eficacia.

viernes, 24 de junio de 2016

El país de los ciegos, de H. G. Wells


El país de los ciegos
Trad: Javier Calvo
Editorial Acantilado
Barcelona, 2004

Igual que en otras de sus obras (“La máquina del tiempo”, por ejemplo), H. G. Wells aborda en este relato el tema de la distopía, de manera alegórica y, como es frecuente en él, situándose, más o menos, dentro del género de la literatura fantástica.
En las primeras páginas, se cuenta el pretendido origen de una leyenda que habla de un valle aislado en el que todos son ciegos. El personaje central, Núñez, un montañero que llega hasta el lugar accidentalmente, relaciona el sitio con el refrán “En el país de los ciegos el tuerto es el rey”. No tardará en darse cuenta de lo erróneo de tal dicho. Si bien al principio siente una cierta conmiseración por los pobres ciegos, la testaruda e inamovible visión (o, mejor, no visión) de la realidad en que estos se mantienen, con prepotencia y desprecio hacia ese recién llegado que pronuncia palabras “inexistentes” y “absurdas”, como “ver” o “color”, lo inclinará a cambiar de actitud y a que sus deseos de ayudarlos se tornen en una voluntad de dominación que, dada su ventaja visual, presume sumamente fácil. No sólo no será así sino que, tras una historia de amor que está a punto de culminar de una macabra manera (desde el punto de vista de nuestros valores), se ve obligado a huir del legendario valle.
El relato es una crítica de la ignorancia y del desprecio de la lucidez de que la sociedad hace frecuentemente gala, aplicable a muchos niveles existenciales.
Su defecto, aunque tal vez esto no sea más que una apreciación personal, radica en su naturaleza alegórica. Creo que la alegoría, susceptible sólo de una lectura rígida, unívoca, esclerotizada, no es sino una degradación del símbolo, dinámico, vivo, y de interpretación múltiple. Y eso es lo que empobrece esta narración de Wells, tan brillante y profundo en otras ocasiones, como en “La puerta en el muro”, que ya tuve ocasión de comentar.

martes, 21 de junio de 2016

Concierto barroco, de Alejo Carpentier


Concierto barroco
Editorial Siglo XXI
Madrid, 1978

El argumento de esta novela, bien simple y lineal, es lo de menos en ella. Un indiano rico viaja de México a Europa. Al recalar en Cuba, su criado muere y contrata a otro, Filomeno, en la isla. Visitan varios lugares de España para arribar, finalmente, a Venecia, donde disfrutan de su carnaval y, en una de las muchas piruetas cronológicas del relato, motivan el nacimiento de la ópera “Montezuma”, de Antonio Vivaldi, de cuya creación y estreno son testigos. Un “desenlace” crepuscular, en el que el viajero regresa a casa dejando atrás a Filomeno inmerso en el continuo y fatal hundimiento de la ciudad de los canales, es roto en un último momento por lo que podría ser el “Allegro con brío” de un concierto de Louis Amstrong. Y es que este “Concierto barroco” (que transcurre a través de la música y hablando de música) lo hace, en cierta forma, en clave musical. Lo vemos arrancar en el Allegro de la partida, para transcurrir después en un largo, un adagio, por ej, la triste muerte de Francisquillo, el primer criado, y continuar en un largo (por ejemplo, repito) e ir alternando los distintos movimientos hasta cerrar con una inopinada intervención de jazz. Que no será la única aparente incongruencia en una historia en la que Vivaldi y Haendel desayunan cerca de la tumba de Stravinsky. En medio de esta feria de disparates, que Vivaldi se encarga de justificar en el capítulo 7: “No me joda con la Historia en materia de teatro –le dice al indiano ante sus protestas de que la ópera “Montezuma” no es fiel a los hechos-. Lo que cuenta aquí es la ilusión poética…”, se le hace difícil al lector no avisado reparar en la autenticidad de, por ejemplo, el “Ospedale della Pietá” –donde realmente trabajó Antonio Vivaldi- y sus niñas músicas, que no han salido del magín de Carpentier. Lo cual sólo importa en la medida en que sirve como apoyo del virtuosismo textual del que hace alarde el escritor cubano, sumergiéndonos a través de sus palabras sabiamente trabadas en un espacio-tiempo que no obedece más leyes que las que le impone el arte y la poesía. Constantes alusiones intertextuales, al Quijote, a Hamlet, a Otelo, constituyen otras tantas de las especias que dan sabor y aroma a este exquisito guiso, ficción fruto de un magnífico maridaje entre el exotismo americano y la vieja civilización europea. En lo que se refiere a la vertiente ideológica (que podría atisbarse, por ejemplo, en la postura final americanista, casi indigenista, del indiano, o la actitud casi revolucionaria del criado negro) palidece ante lo realmente importante aquí, insisto, que es el texto mismo, su poesía, su música, su juego, aspecto lúdico para el que Carpentier no pierde ocasión. Como una en la que se alude a un concierto improvisado en el Ospedale, “Buena música tuvimos anoche” –dijo Montezuma, por desviar a los demás de una tonta porfía. –“¡Bah! ¡Una mermelada!” -dijo Jorge Federico. –“Yo diría más bien que era como una jam sesión” –dijo Filomeno…”. El subrayado es mío para resaltar el juego. En inglés, jam, aparte de formar parte de la expresión jam sesión, una interpretación jazzística grupal improvisada, significa también mermelada. Naturalmente, esta pequeña broma lingüística, que no pasa de ser eso, una broma, no es lo que convierte esta obra en una joya literaria. Lo que hace de ella prodigio fascinante es, por sobre todo, una prosa del siguiente tenor, común a todo el libro: “En gris de agua y cielos aneblados, a pesar de la suavidad de aquel invierno; bajo la grisura de nubes matizadas de sepia cuando se pintaban, abajo, sobre las anchas, blandas, redondeadas ondulaciones —emperezadas en sus mecimientos sin espuma— que se abrían o se entremezclaban al ser devueltas de una orilla a otra; entre los difuminos de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listados de caramelo y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas. De pronto, añadiendo su sinfonía a la de banderas y enseñas, se prendieron las linternas y faroles de los buques de guerra, fragatas, galeras, barcazas del comercio, goletas pesqueras, de tripulaciones disfrazadas, en tanto que apareció, tal una pérgola flotante, todo remendado de tablones disparejos y duelas de barril, maltrecho pero todavía vistoso y engreído, el último bucentauro de la Serenísima República, sacado de su cobertizo, en tal día de fiesta, para dispersar las chispas, coheterías y bengalas de un fuego artificial coronado de girándulas y meteoros... Y todo el mundo, entonces, cambió de cara. Antifaces de albayalde, todos iguales, petrificaron los rostros de los hombres de condición, entre el charol de los sombreros y el cuello del tabardo; antifaces de terciopelo obscuro ocultaron el semblante, sólo vivo en labios y dientes, de las embozadas de pie fino. En cuanto al pueblo, la marinería, las gentes de la verdura, el buñuelo y el pescado, del sable y del tintero, del remo y de la vara, fue una transfiguración general que ocultó las pieles tersas o arrugadas, la mueca del engañado, la impaciencia del engañador o las lujurias del sobador, bajo el cartón pintado de las caretas de mongol, de muerto, de Rey Ciervo, o de aquellas otras que lucían narices borrachas, bigotes a lo berebere, barbas de barbones, cuernos de cabrones. Mudando la voz, las damas decentes se libraban de cuantas obscenidades y cochinas palabras se habían guardado en el alma durante meses, en tanto que los maricones, vestidos a la mitológica o llevando basquiñas españolas, aflautaban el tono de proposiciones que no siempre caían en el vacío. Cada cual hablaba, gritaba, cantaba, pregonaba, afrentaba, ofrecía, requebraba, insinuaba, con voz que no era la suya, entre el retablo de los títeres, el escenario de los farsantes, la cátedra del astrólogo o el muestrario del vendedor de yerbas de buen querer, elixires para aliviar el dolor de ijada o devolver arrestos a los ancianos. Ahora, durante cuarenta días, quedarían abiertas las tiendas hasta la medianoche, por no hablarse de las muchas que no cerrarían sus puertas de día ni de noche; seguirían bailando los micos del organillo; seguirían meciéndose las cacatúas amaestradas en sus columpios de filigrana; seguirían cruzando la plaza, sobre un alambre, los equilibristas; seguirían en sus oficios los adivinos, las echadoras de cartas, los limosneros y las putas —únicas mujeres de rostros descubiertos, cabales, apreciables, en tales tiempos, ya que cada cual quería saber, en caso de trato, lo que habría de llevarse a las posadas cercanas en medio del universal fingimiento de personalidades, edades, ánimo y figuras. Bajo las iluminaciones se habían encendido las aguas de la ciudad, en canales grandes y canales pequeños, que ahora parecían mover en sus honduras las luces de trémulos faroles sumergidos”.


martes, 7 de junio de 2016

Fantasmas, de Paul Auster


Fantasmas
Trad: Maribel De Juan
Editorial Anagrama
Barcelona, 1997

Como en las otras dos novelas que conforman, con ésta, la “Trilogía de Nueva York”, “La habitación cerrada” y “Ciudad de cristal”, Paul Auster aborda en “Fantasmas” el tema de la identidad. En esta ocasión, de una manera especular que hace previsibles los acontecimientos casi desde el principio. Esto, curiosamente, no le resta interés a la narración sino que, paradójicamente, impele al lector a seguir leyendo en busca de la clave que confirme o refute sus sospechas. Aunque el relato resulte un tanto plano, el dominio del oficio permite al autor salir airoso de su cometido. No es fácil captar la atención del lector con una pieza sin principio ni final. Prácticamente, no sabemos nada del origen de la trama ni de los personajes ni la historia acaba de resolver el enigma. Es decir, ni tiene un comienzo propiamente dicho, ni un nudo ni un desenlace. No es lineal. Tampoco  arranca “in medias res” ni “in extremis”. En esta indefinición, ciertamente fantasmal, reside precisamente, creo, su interés, su dificultad y su mérito.
La trama es sencilla. Toda la complejidad deriva del juego de espejos confrontados que va desarrollando el texto. Blanco encarga a Azul, detective discípulo de Castaño, que vigile a Negro (no se sabe ni se sabrá para qué), para lo que le facilita un apartamento frente al de éste, y que le envíe periódicamente informes escritos de todo lo que observe. Ya está. El germen de lo que, a partir de esa situación, va a ocurrir, se sugiere en un párrafo casi al comienzo. Azul vigila a Negro. “De vez en cuando Negro hace una pausa en su trabajo y mira por la ventana. En un momento dado Azul cree que le está mirando directamente a él y se retira”. En lo que se refiere a los nombres de los personajes, todos de colores excepto cuando son ficciones dentro de la ficción, al margen de que los apellidos con nombres de color son muy comunes en la lengua inglesa, el asunto tiene, sin duda, su vertiente simbólica que enriquece y matiza la lectura, toda vez que, por ejemplo y según Schneider citado por Cirlot, “El azul, entre el blanco y el negro (día y noche) indica un equilibrio…”. Pero, por otra parte, el azul se asimila al negro, se identifican. Etcétera.